El Ave

Recuerdo que estaba acostado en el sillón de la sala, agotado, viendo televisión. Era sábado y había montado bicicleta en la mañana. Mis hijos eran pequeños. Cada uno jugaba en su cuarto y mi esposa preparaba el almuerzo.

De repente sentí unos deditos que acariciaban mi cara. Era mi hija. Para entonces tendría unos cinco años. La cargué y la empecé a besuquear.

—¿Te puedo hacer una pregunta?— me dijo, mientras me abrazaba.

—Por supuesto— respondí.

—¿Cuál es el ave responsable de que nazcan los bebés?

De inmediato la dejé de besar y, después de parpadear un par de veces, la separé para poderla ver directo a los ojos. ¿Qué pregunta era esa?

Mi esposa también había escuchado y dejó de hacer ruido en la cocina. De seguro tenía curiosidad de saber como iba a hacer yo para responder semejante pregunta. Cuando se dio cuenta que nadie hablaba en la sala asomó la cabeza, como para ver si no me había desmayado.

Yo tenía trece años la primera vez que un adulto me habló de sexo. Estaba sentado sobre la grama del campo de fútbol del colegio con los demás del equipo.

—Señores— dijo el entrenador —me pidieron que les hablara de algo muy serio: la masturbación. Algunos de ustedes ya desarrollaron, otros todavía no. La adolescencia es una etapa por la que todos debemos pasar. Empezarán a sentir curiosidad con su cuerpo y es muy probable que quieran tocarse…

Quería reírme y decirle que su plática venía con varios años de retraso, pero alguien preguntó: ¿Tocarnos qué?

—Sus partes… El pene…

No pude más y solté la primera carcajada. Pene siempre me pareció (me parece todavía) una palabra sin gracia. En el colegio le teníamos otros nombres mucho más coloridos. Uno de ellos, casualmente, era de un ave.

—Si frotan su pene con las manos— seguía, con toda seriedad, el entrenador —es probable que sientan placer. ¡No lo deben hacer! ¡Es malo y les puede acarrear terribles consecuencias!

En ese momento todas la risitas se apagaron. ¿Terribles consecuencias? Ni siquiera me atrevía al preguntar.

Alguien más valiente y, con seguridad, más preocupado que yo preguntó.

—Bueno, son tres cosas— dijo el entrenador. —La primera. Se les puede llenar de pelos las palmas de las manos.— Todos, absolutamente todos, nos vimos las palmas de las manos y suspiramos aliviados. —Lo segundo es que poco a poco pueden perder la vista. Y la tercera, la única que me importa, se pueden lesionar las rodillas. Al poner la piernas duras, las rodillas se lastiman y ustedes, señores, se van a lesionar y no podrán jugar más.

Para entonces estaba empezando a crecer y había días que me dolían mucho las rodillas. Me preocupé.

Al llegar a casa le pedí a mi mamá que me llevara al oculista, le dije que en el colegio me habían pedido un examen de la vista.

Salí del oculista con lentes. Tenía miopía, y mi mamá nunca me había visto con tanta ansiedad.

—¿Qué te pasa?— preguntó —Te veo pálido.

—Tengo que aprender braille— le dije, resignado a vivir el resto de mis días en tinieblas —estoy seguro de que antes de graduarme voy a estar completamente ciego.

Siempre supe que la educación sexual de mis hijos la iba a manejar de la manera más ligera posible, casual y, por qué no, estaba seguro que iba a bromear con ese tema que a todos pareciera asustar. A mí, por lo menos, me tuvo asustado varios meses. Meses en los que dejé de usar los anteojos con graduación y me pasé a lentes oscuros… para irme acostumbrando.

—¿Quién te dijo que era un ave, mi amor?

—La maestra. Ayer llevó un libro, pero no me recuerdo que ave es. Dijo que el lunes nos va a preguntar.

Levanté la mirada y vi que mi esposa todavía nos observaba. Sus ojos eran los de la una madre orgullosa viendo como un padre educaba a su mayor tesoro. Sonreí y vi cómo esa mirada de ternura era reemplazada por otra de preocupación. Levanté los hombros y las cejas, en silencio le dije —Perdón, no lo puedo evitar— abracé a mi hija y después la senté sobre la mesa que tenía enfrente.

—M’ija, cuando el lunes te pregunten cómo se llama el ave, esto es lo que vas a responder: Dice mi papá que depende del libro que estemos leyendo; puede ser la cigüeña o puede ser la paloma, pero de que es un pájaro el responsable, ¡es un pájaro!

El lunes estaba con ella en la oficina del director.

(Del Blog Viviendo como Sísifo – 18.abril.2013)
http://marioquan.blogspot.com/2013/04/el-ave.html

Palabras-No-Habladas

El cronómetro se detuvo en una hora con cincuenta y tres minutos. Pasé caminando al lado del alcalde y los guardias de seguridad me indicaron que, por no tener número, debía salir del corral. Obedecí.

Mientras regresaba a mi carro escuché los rumores de que dos personas habían muerto durante la carrera. Me dio un poco de tristeza por ellos y sus familias. Siempre es triste cuando alguien muere.

La semana pasada quise escribir sobre la media maratón y lo único que me venía a la mente eran estos dos hombres. Imaginaba cómo se habrán levantado ese domingo antes del amanecer. ¿Qué habrán desayunado? ¿Se habrán despedido de su familia? ¿Cuáles habrán sido sus últimas palabras antes de salir de casa?

Hace diez años, tal vez un poco más, el único deporte que practicaba era el ciclismo. Entrenaba duro. Promediaba con facilidad quinientos kilómetros a la semana. El domingo, si no competía, descansaba. El descanso era salir a las siete de la mañana de mi casa y rodar durante dos horas en la Avenida de Las Américas. Los domingos –como era el día de descanso– montaba bicicleta sin casco.

Un domingo de esos salí de casa. Eran las seis y media de la mañana. El cielo estaba nublado y amenazaba con empezar a lloviznar. Tuve un mal presentimiento y regresé por el casco. Nunca lloviznó. Llegué a Las Américas y saludé a los demás del grupo que ahí nos juntábamos. Quince minutos más tarde un carro salió demasiado rápido de una curva, timoneó y me pegó en el costado.

Todavía recuerdo el instante en que el carro hizo contacto con la bicicleta. Un segundo después todo parecía que se movía en cámara lenta. La bicicleta salió disparada hacia un lado. Se podía escuchar el sonido del carbón —la bicicleta resquebrajándose— mientras se arrastraba sobre el asfalto. Yo volaba por los aires. El primer contacto contra el suelo fue con la cadera. Después, cuando reboté con la cabeza, sentí el casco crujir al absorber el impacto. Me arrastré diez o quince metros. El carro nunca desaceleró. Lo vi desaparecer rumbo al Obelisco.

Al regresar a casa abracé a mis dos hijos y lloré por un rato. Lloraba porque sabía que —así como ese domingo me había salvado— eventualmente llegaría el día en que nos tendríamos que separar.

Dejé de montar bicicleta por unas semanas. Tenía miedo de morir.

Con el tiempo he tenido más encuentros cercanos con la muerte. Ya no es miedo lo que le tengo, sino respeto. La llevo a todos lados y es su omnipresencia la que me hace sentir vivo.

Después de ese accidente empecé la costumbre de despedirme todas las madrugadas de mis hijos. Mientras dormían los abrazaba, los besaba y les decía al oído que los amaba.

Poco a poco fui extendiendo esa costumbre de decirle “te quiero” a quienes quiero y “te amo” a quienes amo. Si hay algo a lo que en verdad le temo es a las palabras-no-habladas a ese te-quiero-pero-me-lo-guardo o a ese te-amo-pero-me-da-pánico-decirlo.

El sábado, mientras almorzaba con un amigo, me acordé de ese accidente. Hablamos de la muerte y cómo, en un país como el nuestro, está presente en cada esquina. Hablamos del miedo y de cómo paraliza. Hablé —en un monólogo largo y creo que ahí lo dejé un poco confundido— de cómo a veces sentimos que nos morimos –y tal vez en verdad morimos– cuando en nuestro caminar nos vamos despidiendo de esas pocas personas especiales que entran en nuestra vida y la hacen brillar por un instante, y la hacen tolerable, y la hacen vivible, y luego se alejan, y siguen su camino mientras nosotros seguimos el nuestro.

Hablamos —antes de despedirnos— del ahora, que es lo único que tenemos.

Quedamos de volvernos a juntar pronto para seguir conversando.

Quería escribir de la media maratón —de lo dura que estuvo y de lo mal que me fue—, pero no dejo de pensar en esos dos hombres que murieron antes de terminarla.

Intento imaginar cuáles fueron las últimas palabras que pronunciaron antes de salir de casa, sin tener la menor idea que nunca más volverían.

Ojalá que hayan sido: Te amo.

(Del Blog El Último Kilómetro – 2.sept.2013)
http://elultimokm.blogspot.com/2013/09/palabras-no-habladas.html

El Escalofrío

Llegué a la zona cuatro a mediodía. Había quedado de juntarme allí con unos amigos para caminar hacia la Plaza de la Constitución. Al salir del estacionamiento —sobre la séptima avenida— escuché el sonido de tambores y vuvuzelas. Un escalofrío —esa sensación de estar frente algo grande, único y bello; como cuando abres la puerta de tu apartamento, y se asoma esa persona que deseas tanto volver a ver, y te abraza fuerte, y cierras los ojos, y su olor te invade, y el tiempo se detiene— recorrió mi espalda.

Debía caminar unas cinco cuadras hacia el lugar en que había quedado de reunirme con mi gente. Volteé a ver, pero los estudiantes aún no aparecían. Al lado, desperdigados, pasaban caminando algunos jóvenes que portaban banderas de Guatemala. Otros vestían la camisola de la selección.

Sonó mi teléfono. Contesté. Del otro lado de la línea, un cliente me preguntaba si le llevaría una muestra que me había pedido. Le respondí que habíamos cerrado la oficina en apoyo al paro. De forma inconsciente, y para poder entenderle, me aparté de la séptima avenida. Busqué refugio detrás de un árbol, intentando en vano escuchar mejor.

—¿Y usted está en la calle o en el estadio? —dijo mi cliente, mientras me sacaba de este estado profundo de concentración, donde sin éxito intentaba escucharle con claridad. Levanté la mirada, y le dije que le debía colgar.

—¿Todo bien? —preguntó antes de desconectar.

—Nunca he visto algo así. —Fue lo único que alcancé a responder.

Cuando regresé de nuevo a la séptima avenida la columna de estudiantes estaba a unos cien metros de distancia, pero la energía que todos ellos transmitían me rebasó. A veinte metros había una pasarela. Arriba, varios fotógrafos preparaban sus cámaras para dejar registro de lo que sería la mayor marcha de protesta en la historia del país. Corrí para subirla, y observar el paso de los universitarios.

Fue impresionante. El enjambre de personas llenaba por completo el carril. Empezaba donde la ruta seis se junta con la séptima avenida, y llegaba justo debajo de la pasarela desde donde boquiabierto los observaba. Quienes venían encabezando la manifestación pasaron. Antes de bajar intenté encontrar a la última persona del bloque. Fue imposible. La gente seguía apareciendo. Tomé un par de fotos, y bajé para encontrarme con mis amigos.

Camino a la Plaza tuve bastante tiempo para pensar.

“¿Será que renuncia o sigue haciéndose la bestia? He apostado tantas veces a que sale de la presidencia, que no quiero perder un centavo más. Ha costado tanto sacar a este infeliz del gobierno que debería ser de apellido Arzú. Es peor que un herpes.”

Al entrar al centro, el ruido de los tambores y vuvuzelas era mucho mayor. Las paredes de los edificios contenían el sonido y —siendo testigos aún vivos de despertares que nunca vieron un amanecer— lo amplificaron cómo espíritus de otras dimensiones que por un instante se materializaban. También gritaron con nosotros: ¡aquí estamos!

Nunca me he sentido orgulloso por ser guatemalteco. No puedo. Haber nacido aquí fue fortuito, una jugada del destino. Tampoco puedo sentirme orgulloso de los volcanes, los lagos, los ríos y los paisajes. No tuve nada que ver con su creación.

Sin embargo, desde que empezaron las manifestaciones siento que algo cambió en la mirada de la gente. Tal vez sea solo yo, y mi imaginación, quienes a veces buscamos esperanza donde no es posible encontrarla.

Ayer, mientras caminaba rodeado de jóvenes, volví a sentir el escalofrío.

No es que me sienta orgulloso de ser guatemalteco, me siento afortunado.

(Publicado en Plaza Pública – 28.agosto.2015)
http://www.plazapublica.com.gt/content/el-escalofrio

Kaibil

No veo la suspensión del antejuicio contra Otto Perez Molina como una victoria del presidente.

Lo que veo es a un cobarde atrincherado, escondido detrás de marufias legales -pero ilegítimas- que utiliza para intentar detener lo inevitable.

Veo a un kaibil que fue muy valiente mientras sostuvo un fusil, pero que ahora necesita de los servicios de una “ciudadana preocupada” para presentar un recurso que lo ampare y le prolongue su estadía como parásito estatal algún tiempo más.

Veo a un humano de sexo masculino, pero dudo que la imagen que le devuelva el espejo sea la de un hombre.

Hoy -como viene sucediendo desde hace varias semanas- los guatemaltecos volvimos a ganar; porque las batallas que se ganan son las que se pelean, y no las que evitamos escondiéndonos detrás de alguien más.

Eso, un kaibil lo debería saber.

Lo Normal

Mañana iré a protestar. Creo que es necesario, también respeto a las personas que decidan no hacerlo.

Hoy, mientras llevaba a mí hija adolescente al colegio, le pregunté si quería acompañarme. Ella me dijo que lo pensaría, y segundos después me preguntó por qué iría yo. Le bajé el volumen a la música e intenté explicarle las estructuras del gobierno y cómo debería funcionar cada una. Le hablé de los tres poderes del estado y como —en un sistema funcional— cada uno era independiente de los demás. Conversamos de los impuestos, y para qué deberían servir.

Ella me observaba en silencio y yo escuchaba como salía de mi boca una cantidad espantosa de “deberías”. Le hablé -por último- de cuál debería ser la función de los gobernantes, y como deberían de ser gente honesta y capaz, y no deberían llegar solo para robar.

Mientras hacíamos cola detrás de los demás carros —justo antes de que ella bajara—  le dije que este gobierno estaba lleno de ladrones y gente corrupta, y eso me motivaba a protestar.

Bajamos del carro, la abracé, y antes de que pudiera despedirme con un beso me preguntó: “¿Y acaso no es normal que el gobierno esté lleno de ladrones?

Durante todo el día me ha acompañado esa última pregunta.

Mañana iré a protestar. Creo que es necesario, pero ahora tengo algunas razones de mayor peso.

No es normal que tengamos ladrones y corruptos como gobernantes. No es normal que estos pícaros hagan piñata del estado y sus actos no tengan consecuencias. No es normal vivir con miedo, ni escondidos detrás de garitas, protegidos por guardias que no tienen la menor idea de cómo usar una arma. No es normal que gente muera de hambre porque no tiene nada que comer. No es normal que un niño muera porque los hospitales públicos no tienen el equipo necesario para tratar una neumonía.

No es normal que mediocres con patrocinadores se crean líderes y piensen que son ellos los elegidos para sacar al país adelante. No es normal que los empresarios paguen salarios de hambre porque es la única forma que pueden competir. No es normal que se confunda la astucia con la inteligencia.

No es normal la forma como vivimos en Guatemala, y tampoco quiero que mis hijos piensen que sí lo es.

Ameland

Estoy sentado en la mesa de un pequeño pub en Filadelfia. El ambiente es bueno. Seguimos celebrando y hablando de lo mismo que hemos hablado durante todo el día. Ayer corrimos la maratón de la ciudad.

Durante los cuarenta y dos kilómetros hay segmentos del recorrido —algunos se expanden por lapsos de varios minutos— que no recuerdo. Poco a poco las imágenes regresan a mi mente y las disfruto como espero haberlas disfrutado en su momento. Las piernas me duelen cada vez que parpadeo.

Por costumbre traje conmigo el celular. No espero ninguna llamada. Encuentro señal de wifi en el bar y me conecto. Al entrar a mi cuenta de Facebook noto que la tierra tiene un habitante menos.

Un amigo nota mi expresión de sorpresa y pregunta si todo está bien. Le respondo que alguien ha muerto.

—¿Era tu amigo? —increpa de nuevo.

—No, apenas lo conocí. Eso es lo que lamento.

Mi compañero de viaje no entiende lo que quiero decir, y antes de que pueda explicarle su esposa lo llama. Ella esta lista para ordenar.

Lleno hasta el borde mi tarro y en silencio brindo por ese último atardecer en Ameland.

En agosto del dos mil renuncié de la empresa que me empleaba. Decidí seguir por mi cuenta. Nunca hubiera podido imaginar a finales de ese año lo que me esperaba para la próxima década. Probablemente si lo hubiera sabido entonces nunca habría presentado esa carta con título de irrevocable.

Algunos meses antes de dejar el puesto viajé por negocios a Chile. Allí conocí a un holandés. Él era algunos años mayor que mi padre. Nos llevamos bien desde el principio y en poco tiempo nos hicimos amigos.

Dos años —y docenas de correos electrónicos— después de nuestra primera reunión le comenté que debía viajar a Holanda para participar en una feria. De inmediato me ofreció hospedaje e insistió en que tomara unos días libres para conocer el lugar. La primera semana me alojaría en su casa, en las afueras de Amsterdam. Él y su esposa se encargarían de que mis experiencias en los Países Bajos no se limitaran a visitar el distrito rojo y sus prostitutas iluminadas por luces de neón detrás de vitrinas; ni a embarcarme en viajes espaciales comiendo brownies en algún coffee shop oscuro.

Gracias a sus atenciones conocí Ameland, una pequeña isla al norte de Holanda que de otra manera nunca habría descubierto. Era mediados de abril. La primavera terminaba y los días empezaban a alargarse, aunque todavía eran fríos.

Las conversaciones con mi anfitrión fueron largas e interesantes. Compartió conmigo, durante un almuerzo, la nostalgia que sentía por haber vendido la compañía que veinte años antes había fundado, lo orgulloso que se sentía de su equipo de trabajo, y lo mucho que los extrañaría.

Sus ojos y sus gestos dibujaban esa tristeza causada por tantas despedidas. Esas que a partir de cierta edad empiezan a volverse frecuentes, pero que no por ser frecuentes son fáciles de asimilar.

Recuerdo el último atardecer en la isla. Después de la cena me abrigué y salí a caminar por la playa. El sol empezaba a ponerse y el cielo explotaba en una llamarada de colores que se ahogaba en el horizonte. Me senté sobre una duna a disfrutar del espectáculo, y esperé a que oscureciera por completo antes de volver.

Nunca antes me había sentido tan solo como esa tarde. Pensé en mis hijos y en la falta que me hacían. Para mientras el frío reptaba decidido a colarse dentro de mi ropa, y el cielo despejado me mostraba lo insignificante, minúscula y frágil que era mi vida. Esa noche el Atlántico me separaba de ellos dos, pero los extrañaba como si estuvieran a varios años luz de distancia.

Al día siguiente, antes de abordar el tren que me llevaría a Amsterdam, el holandés me abrazó al despedirse. Ambos sabíamos que nunca nos volveríamos a encontrar. Un mes atrás lo habían diagnosticado con cáncer. Otra confesión que un par de días antes había soltado casualmente mientras tomábamos cerveza.

—Soy afortunado por haberte conocido —fue lo último que le dije, antes de subirme al tren.

Doce años han pasado.

De vuelta en el bar seguimos compartiendo las impresiones de la carrera. El rompecabezas de cuarenta y dos piezas sigue –poco a poco– armándose en mi cabeza. Sonrío.

Leo más comentarios en Facebook.

Por un momento cavilo en torno a este habitante que hoy ha dejado el planeta, en los atardeceres que habrá visto y en la larga lista de despedidas que, sin respetar el protocolo, se saltó. Imagino también —sobre algún escritorio— varias columnas de libros que nunca llegarán a ser leídos por su dueño.

Pienso en todos los que aún quedamos sobre esta tierra, y por un instante la siento incompleta. Me da curiosidad saber si llorará también ella por los vivos que poco a poco la abandonamos. Tal vez le hacemos falta de la misma manera como la playa extraña a ese grano de arena que sin querer regresa a la ciudad, escondido entre las grietas de una sandalia.

Quisiera saber también si el océano se alegra cuando una gota de agua salada encuentra su camino de vuelta, o si el mar recibe a una gota de agua sucia con el mismo entusiasmo con que le da la bienvenida a una impoluta.

Espero que sí.

Levanto el tarro de cerveza y brindo por última vez –en este viaje– con los ocho que están sentados conmigo.

Soy afortunado de haberlos conocido.

Tocayo

Distraído, abro la puerta del pabellón. El calor permite que los vapores de cloro y desinfectantes se mezclen con el olor a pañales cagados. Juntos bailan un vals macabro con las úlceras y las infecciones pulmonares.

La expresión de desesperanza en los ojos de una madre me recibe como una bofetada en la cara y una patada en el estómago. Intento evitar verla a los ojos, pero es demasiado tarde, a través de ellos descubro un alma quebrada y un corazón que late por obligación. La agonía tiene un nuevo rostro.

En su mano derecha lleva un rosario. Pienso en las oraciones a algún poder superior que no tendrán la respuesta deseada. El milagro no concedido.

Detrás de ella escucho un gemido y me hago a un lado para poder ver. Cubierto de gasas descubro lo que podría ser un maniquí envuelto para regalo de bodas. Es blanco y pequeño. Adivino que debajo de ese empaque hay un niño. Al acercarme veo unos deditos inflamados que apenas se mueven. Las vendas que los cubren ya no son blancas, las heridas supuran.

Camino con lentitud mientras una voz en mi cabeza me ruega, me grita, que me de la vuelta y salga corriendo. No obedezco y me acerco. El asco que sentí al principio se ha hecho a un lado y le deja espacio al horror.

Se llama Mario —me informa la enfermera de turno— lo trajeron anoche de Alta Verapaz. No se sabe por qué, pero parece que sus vecinos le prendieron fuego al rancho mientras dormían. Los papás de Mario no estaban cuando esto pasó. Mario estaba a salvo, pero regresó por su hermano pequeño. No volvió a salir.

Mientras escucho a la enfermera me distraigo por un momento y pongo la mano en la baranda de la cama. Un escalofrío recorre mi espalda cuando siento la manita de Mario rozarme. Dejo de atender a la enfermera y lo veo. Sus ojos están rojos por la cantidad de vasos capilares que se le han reventado. Tiene las pupilas dilatadas. Mueve los labios, pero no logro entenderle. Me acerco para poder escucharlo. “Tengo miedo” —me dice. No puedo más que tomar su mano y mentirle en voz baja “todo va a estar bien”.

Un médico entra. Serio. No saluda. Se acerca a la enfermera y en voz baja le dice algo. Se da la media vuelta y se retira.

La enfermera, un poco nerviosa, me pide que me marche. Van a llevar a Mario a sala de operaciones.

Salgo del cuarto sin levantar la mirada del suelo. Evito ver a la madre de Mario que entre sollozos y jalones de mocos reza en silencio. Es tan bajita ella que sin quererlo me encuentro de nuevo con sus ojos cansados de tanto llorar. Creo que me ha confundido con algún doctor y espera que le dé algún tipo diagnóstico esperanzador.

La abrazo y sin esperar respuesta le pregunto “¿quién puede hacer algo así?”

Arrepentido de haber venido, respiro profundo e intento recobrar algo de compostura antes de entrar al próximo cuarto.

El baile de olores continua ininterrumpido, pero ahora entiendo el ritmo.

El beep constante de los electrocardiogramas lo marca.

De Sísifo a Morfeo

Anoche me invitaron a una charla motivacional. La idea era asistir junto con mi hijo, pero él tenía otros planes. Llegué temprano. No había mucha gente. El joven que iba a dar la plática estaba allí. Conversando. Sonriendo. Sentado sobre su silla de ruedas.

Desde pequeño he creído que existen universos paralelos y ayer, mientras escuchaba a Alan contar la razón por la que había quedado paralítico, recordé mi primero.

No recuerdo la edad que tendría entonces. Once o doce años, no sé. Unos primos vivían en Belice, y mis padres pensaron que sería una buena idea que mi hermano y yo pasáramos las vacaciones por allá. Recuerdo la sensación de pesadez durante los primeros días. Amanecía empapado en sudor, y con la ropa pegada a la piel. Fue allí donde empecé a dormir en calzoncillos. El calor era sofocante. A dos cuadras de la casa estaba el mar. Todas las mañanas, desde temprano, nos íbamos a tirar desde el muelle al agua. Luego regresábamos a desayunar. El resto del día vagábamos por las calles del pueblo de Corozal.

El agua del mar no era transparente y tampoco había playa, pero con el muelle era suficiente. Llegábamos corriendo, nos quitábamos la ropa, y nos tirábamos de cabeza. Tampoco era profundo. El secreto -nos aconsejaba mi primo- era levantar la cabeza al tocar el agua y arquear el cuerpo, para no pegar con la cabeza en el suelo.

No medíamos consecuencias, ni siquiera estábamos conscientes de ellas.

Al final del muelle había una bodega. Una mañana, buscando más emoción en los saltos, decidí subirme al techo de la bodega y saltar. Lo último que recuerdo es estar parado viendo hacia el agua lechosa. Nada más.

Mientras intentaba escuchar la charla de Alan, hacía esfuerzos sobrehumanos para contener las lágrimas. Él hablaba de cómo la vida le había cambiado en un instante, pero lo que a mí me tenía boquiabierto era su sonrisa tan honesta. Su capacidad de ver hacia atrás sin dolor y aceptar de la manera más valiente las cosas como son.

Cuando salí caminando del agua mi hermano me preguntaba si estaba bien. Yo tenía la mirada fija en el lugar donde había quedado clavado. Veía como mis piernas no habían entrado al agua porque mi cabeza había chocado contra el piso. Podía sentir en la espalda -de ese cuerpo que observaba- la forma en que se habían roto todas las vértebras. Pasé varios días pensando que había muerto, pero el dolor del cuello era intenso. Debía estar vivo porque me dolía demasiado.

En algún universo paralelo -fantaseaba varios días después, sentado sobre el techo de la bodega al final del muelle- no siento dolor.

La charla continuó, apoyada por muchas fotos donde el común denominador era la sonrisa de Alan. Habló de su familia -siempre presente- y de como había superado varios miedos. Repitió varias veces que todo en esta vida pasa por algo, aunque a veces no entendamos las razones. Tuve que dejar de parpadear durante un par de minutos para evitar que se me escapara otro largrimón. Con la manga del suéter me limpié el ojo.

Cuando terminó la charla, varios nos quedamos un rato conversando. Antes de salir me di cuenta que tenía a Alan al lado. Me acerqué y le di la mano. Nuevamente, él sonrió.

Sentí eterno el camino hacía mi carro. No hice ningún esfuerzo por contener las lágrimas.

Llevaba años de no pensar en ese universo paralelo donde no se siente dolor, y recordé -después de mucho tiempo- esos atardeceres en Belice.

viviendo como sísifo

He callado durante meses.

Escondido, tal vez, detrás de mis sentimientos. Prefiero pensar que he pasado este tiempo disfrutándolo como se deben de disfrutar las cosas buenas: en silencio. Quisiera creer que en estos meses me he reinventado. Suena ambicioso, lo sé. Por lo menos imaginar que este Sísifo es el reintento de un proyecto que hace algún tiempo quise dejar atrás. Un proyecto que me apasionaba y me sigue apasionando. Un alter ego que es atinado y de vez en cuando tiene buenas puntadas. Un personaje que no existe, pero al mismo tiempo sí.

Una parte de mí.

Pensé que podía olvidar a Sísifo. Por un momento lo hice, hasta que me alcanzó. Quise matarlo, pero estos seres mitológicos tienen vida propia. No hemos dejado de cargar —todos los días— esa piedra hasta la cima de la loma.

Y sí, todavía durante las noches vuelve a rodar hasta la base.

Sísifo siempre sonríe. Durante meses no lo entendí. Tal vez es la aceptación de lo inevitable, tal vez es la actitud ante lo desconocido. No lo sé.

Espero sonreír con él.